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La autoestima

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Desarrollar una actitud basada en el “yo puedo” y una sólida confianza en uno mismo.

La confianza en uno mismo no surge de forma automática, no es algo innato. Se debe enseñar y aprender. Existen cuatro pasos que puedes seguir par ayudar a tu hijo a desarrollar una autoconfianza positiva. El primero y más importante consiste en demostrarle que crees en él y le quieres por ser quien es, no por lo que hace. El segundo se basa en enseñarle a plantearse el tipo de expectativas que le obligan a enfrentarse a nuevas experiencias, siempre que estén dentro de sus posibilidades de conseguirlas. Una amplia parte de las creencias de tu hijo se desarrolla de forma interna, por ello, el tercer paso consiste en potenciar un diálogo interior positivo que alimente una sólida confianza en sí mismo. Con el último paso debes tratar de hacer que tu hijo sea consciente de que, una vez que haya desarrollado una actitud basada en el “yo puedo”, sus posibilidades de éxito serán ilimitadas. A continuación se enumeran los cuatro pasos fundamentales para inculcar a tu hijo una confianza positiva en sí mismo:

Primer paso: transmítele tu fe en él; dile: “Confío en ti”.

Segundo paso: plantéale expectativas que aumentes sus posibilidades de éxito.

Tercer paso: fomenta unas sólidas creencias internas.

Cuarto paso: ayúdale a desarrollar una actitud basada en el “yo puedo”.

Evita el uso de etiquetas negativas sobre tu hijo, tanto si estás a solas con él como ante los demás. El hecho de etiquetar a los niños con términos como tímido, tozudo, movido o patoso puede disminuir su autoestima.

No dejes nunca que nadie etiquete a tu hijo. Etiquetar no es bueno; sin embargo, puedes convertir una etiqueta negativa en positiva de forma inmediata. Etiqueta negativa: “Tu hijo es tan tímido”. Etiqueta positiva: “En absoluto; es un gran observador”.

Evita las comparaciones. No compares nunca a tu hijo con otro niño, sobre todo con sus hermanos. “¿Por qué no te parecerás más a tu hermana? Es siempre tan cuidadosa…En cambio tú eres tan vago…”. Las comparaciones pueden dañar la individualidad del niño y hacer que se sienta menospreciado.

Deja de utilizar etiquetas genéticas. Las etiquetas pueden limitar la visión del niño sobre sí mismo. “Eres tan vago como tu tío”. “Serás tan malo en matemáticas como lo fui yo”. “Has salido a tu tía Sue; eres tan tímida como ella”.

Convertir los mensajes “tú” en mensajes “yo”. Cuando estás disgustado con la conducta de tu hijo, es importante que manifiestes tu desacuerdo empezando el mensaje con el pronombre yo en lugar de hacerlo con el pronombre tú. Date cuenta de que el simple hecho de cambiar el tú por el yo convierte el mensaje crítico y sentencioso del padre, en otro basado en la desobediencia de Jenny y no en sus valores.

Mensaje “tú”: Pareces una llorona. Nadie te querrá si no paras de lloriquear.

Mensaje “yo”: No me gusta que llores porque a la gente no le gusta estar con lloronas.

Separar al niño de su comportamiento. El padre de Jenny le dijo que dejara de lloriquear, pero nunca le sugirió que se expresase de otro modo. Además, la menospreciaba mediante la comparación: “Ninguna de tus hermanas se comporta así”. La disciplina correcta debe ayudar a los niños a aprender de los errores, reconocer las consecuencias y descubrir cómo mejorar las malas conductas, protegiendo al mismo tiempo el concepto que tienen de sí mismos. El mensaje correctivo debe comunicar a Jenny que su conducta es errónea y qué tipo de comportamiento espera su padre de ella. Y se debe centrar sólo en su conducta, no en ella.

Crítico:  Deja de lloriquear. Ninguna de tus hermanas se comporta de este modo.

Correctivo: Quiero saber qué piensas, pero dímelo sin lloriquear.

Planteándote las cuatro preguntas que exponemos a continuación podrás comprobar si los objetivos que formulas a tu hijo le ayudan a desarrollar sus capacidades sin disminuir, de forma involuntaria, sus valores. Las cuestiones hacen referencia a cuatro importantes criterios en función de los cuales se debe esperar lo siguiente:

Desarrollo apropiado. “¿Tiene mi hijo la madurez necesaria para realizar lo que le pido, o le estoy forzando más allá de su reloj biológico?”. Es importante aprender qué es lo adecuado a una edad determinada, pero también que las reglas del desarrollo no son sagradas e inamovibles. Siempre es mejor comenzar desde el punto en el que se encuentra tu hijo.

Realismo. “¿Son justas y realistas mis expectativas, o espero demasiado?”. Las expectativas realistas llevan a los niños a apuntar más alto, sin empujarles más allá de sus capacidades. Debes evitar fijar modelos demasiado altos. Si pones a tu hijo en situaciones que son claramente difíciles, aumentarás su riesgo de fallar o de disminuir sus sentimientos de aceptación.

Adaptación al niño. “¿Comparte mi hijo mis expectativas o sólo forman parte de mis deseos?”. Todos queremos que nuestros hijos sean personas de bien, pero debemos obrar con cautela para evitar el planteamiento de objetivos que sólo estén basados en nuestros propios sueños.

Adaptación al éxito. “¿Acaso mis expectativas le transmiten a mi hijo que creo que él es responsable, digno y que puedo confiar en él?”. Los objetivos efectivos animan a los niños a dar lo mejor de forma que puedan desarrollar una gran confianza en sí mismos.

Ayudar a un niño a romper con el hábito de utilizar un diálogo interno negativo no es cosa fácil. Del mismo modo que intentamos erradicar una costumbre, necesitamos ser constantes en nuestros esfuerzos para ayudar a nuestros hijos a modificar su conducta. Y eso requiere un período mínimo de tres semanas.  A continuación presentamos seis ideas que los padres de José utilizaron para ayudar a su hijo a desarrollar una imagen más positiva de sí mismo y disminuir su diálogo interno negativo.

Modela un diálogo interno positivo. Una vez que supieron que los niños aprenden más del diálogo interno que del que mantienen con los demás, los padres de José comenzaron a transmitir, deliberadamente, mensajes positivos en voz alta para que su hijo pudiera oírlos. Un día su madrastra dijo: “Me encanta la receta que he hecho hoy. Me ha salido muy bien.” Ese mismo día, su padre comentó: “Estoy contento porque hoy he hecho todas las tareas que había planeado”. Al  principio se sentían extraños alabándose a sí mismos, pero cuando se dieron cuenta de que su hijo también lo hacía consigo mismo, se despejaron todas sus dudas.

Desarrolla un eslogan familiar basado en el “yo puedo”. Cada vez que alguien de la familia de José decía “no puedo”, los demás miembros familiares le repetían: “El éxito se obtiene con “puedos”, no con “no puedos”. Este sencillo eslogan se convirtió en un modo efectivo de ayudar a los miembros de la unidad familiar a pensar de forma más positiva.

Señala los comentarios negativos. Los padres de José se inventaron una señal secreta, consistente en tocarse la oreja, cada vez que alguien realizaba un comentario negativo en público. El objetivo era recordarle a José que estaba prohibido hablar de forma negativa.

Enfréntate a las opiniones negativas. Los padres de José le animaban discretamente a rebelarse contra sus opiniones negativas. Comenzaron explicándole cómo tenía que enfrentarse a su voz negativa de la conciencia. Su padre le contaba. “Recuerdo cuando iba al colegio. En ocasiones, justo antes de hacer un examen, escuchaba una voz dentro de mí que decía: “Esta materia es difícil. No lo sabrás hacer bien “. Odiaba esa voz, porque me hacía perder la confianza en mí. Pero aprendí a responderle. Me limitaba a decir: “Soy un buen estudiante. Lo haré lo mejor que sepa. Y si lo hago del mejor modo que sé, me saldrá bien”.

Convierte lo negativo en positivo. La familia estableció una regla  para combatir lo negativo: “un negativo es igual a un positivo”. Cada vez que un miembro de la familia hacía un comentario negativo, se veía obligado a convertirlo en algo positivo. Si José comentaba: “Soy muy estúpido”, sus padres le animaban a decir algo positivo: “Soy realmente muy bueno deletreando”. El cumplimiento estricto de la regla fue disminuyendo gradualmente el uso de sentencias negativas por parte de José.

Recuérdale constantemente que se mande mensajes positivos. El último paso que dieron los padres de José consistía en recordarle que se autoalabase cuando lo mereciese. El día que llegó a casa con una buena nota en la prueba de escritura, su madrastra la dijo: “José, hoy has hecho un buen trabajo. ¿Te has acordado de decirte a ti mismo qué magnifico examen has realizado?”. Tras haber jugado un partido de fútbol, su padre le dijo: “Hoy has hecho un buen saque de banda, José. Espero que te felicites porque estoy seguro de que lo mereces”. José tardó un tiempo en acostumbrarse a utilizar esta técnica puesto que le incomodaba, pero poco a poco fue sintiéndose mejor y fue eliminando sus modelos de pensamientos negativos.

Una de las capacidades más importantes que padres y profesores pueden enseñar a los niños consiste en grabar sus propios progresos, de forma que puedan  ver lo que han conseguido. A medida que vayan adquiriendo conciencia de ellos, su confianza en sí mismos no hará sino aumentar. Las actividades que presentamos a continuación contribuyen a la construcción de actitudes fundamentadas en el “yo puedo”, mediante la grabación y valoración de los progresos y logros efectuados por parte de los niños.

Grabar los progresos. Haz que, todas las semanas, tu hijo grabe sus progresos académicos en una cinta de forma que pueda “oír hablar” de sus habilidades. Es suficiente que la grabación de cada sesión sea de un minuto o poco más, y los temas sobre la misma pueden ser muy variados: poesía, el pasaje de un libro o su opinión sobre el mismo, palabras deletreadas, o incluso una entrevista con un amigo.

Realizar un álbum con los mejores trabajos. Compra un portafolios, cuanto más resistente mejor, en una papelería; también te servirá una caja. Cada semana, pídele a tu hijo que elija el trabajo escolar del que se sienta más orgulloso y colócalo en el portafolios. Luego, observad juntos el anterior trabajo y comparadlo con el presente para que él pueda ver sus progresos.

Poner un tablón de anuncios. Pon un tablón de anuncios para que tu hijo pueda exponer sus mejores trabajos. Pon fecha a esos trabajos y colócalos en el tablón por orden cronológico. Así, tu hijo podrá comparar de forma inmediata el último trabajo que hizo con el que está realizando en la actualidad. Esta idea resulta particularmente efectiva si ayudas a escoger a tu hijo los trabajos de la misma materia, por ejemplo: elegir uno de entre todos los ejercicios de multiplicar o de los de escritura.

Comenzar un diario de objetivos. Dale a tu hijo un diario o un cuaderno nuevo. Anímale a anotar sus logros de forma regular. Para los niños pequeños es mejor que hagas un dibujo o una foto de los logros y lo pegues en un álbum de recortes.

Hacer una cadena de papel. Ten a la mano un amplio surtido de cartulinas de colores cortadas en trozos de dos centímetros y medio por veinticinco centímetros. Cada vez que tu hijo haya logrado algo especial, escríbelo en una de las tiras. Une el extremo de la tira con el de la anterior para ir formando una cadena. Sigue alargando la cadena y cuélgala en la habitación de tu hijo como prueba de su éxito.

Reflexiones finales sobre cómo aumentar la autoestima positiva

Si pudieras dotar a tu hijo de una cualidad que aumentase sus posibilidades de llevar una vida plena, con significado y de éxito, ¿qué cualidad elegirías?

Los resultados obtenidos por los expertos confirman que la mejor cualidad sería la autoestima positiva. Es posible que ningún otro elemento tenga un poder tan importante como el de la confianza en uno mismo, a la hora de determinar el calibre de la productividad, fuerza interior, satisfacción, competencias, objetivos para alcanzar, relaciones interpersonales y logros de nuestros hijos.

Como padres, tenemos la oportunidad diaria de reforzar la fe en sí mismos de nuestros hijos. Nuestras expectativas sobre ellos, nuestras reacciones y palabras para con ellos, pueden darles nuestro voto de confianza o echar por tierra sus valores. Quizás ésta sea una de las preguntas más importantes que deberíamos hacernos cada noche: si actualmente las creencias de mi hijo se basan sólo en mis palabras y acciones, ¿cuál será su opinión sobre sí mismo como ser humano?

Nuestra respuesta debe mostrarnos cómo relacionarnos con el niño día tras día.

Extraído de: Borba, Michele. La autoestima de tu hijo. Consejos para darle la seguridad, el cariño y el apoyo que necesita. Paidós, Barcelona, 2001.

Clasificación: 158 B67

ESPACIOS PARA BAILAR, PARA DESCANSAR, PARA JUGAR Y, TAMBIÉN, PARA LEER

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¿Qué? La actividad lectora, para que sea agradable, necesita de un entorno adecuado para producirse. No es necesario que reúna unas condiciones de gran sofisticación, pero sí unas mínimas de comodidad y adecuación a las necesidades del niño.

 ¿Por qué? Si no ofrecemos estas mínimas condiciones, quizá la actividad no se desarrolle correctamente simplemente por incomodidad. Ello puede hacernos pensar que no se trata de una actividad que agrade al niño, cuando de hecho puede ser que simplemente no le guste el lugar.

 ¿Cómo? En casa, en las bibliotecas, espacios pensados para que el acercarse al libro para hojearlo, para tocarlo, para escogerlo sea posible, y la actitud para leerlos pueda ser abierta y libre.

 ¿Cuándo? Cada día, y en ocasiones especiales pueden crearse espacios también especiales.

 Precauciones: No es necesario que invirtamos gran cantidad de recursos en crear estos espacios. Simplemente con algo de sentido común e ingenio podemos conseguir que el niño vaya construyendo, él mismo, este espacio. Lógicamente, si desea leer en otros espacios, deberá poder hacerlo.

 Los espacios hablan: cada espacio nos sugiere una actividad, un estado de ánimo, e incluso una manera de estar, de hacer. Nuestros hijos, también tienen espacios destinados a cada cosa, tanto en casa (o al menos así lo pretendemos, aunque luego el desorden general pueda desdibujarlo ligera o totalmente, depende del tiempo que haga que no podemos orden) como en los espacios públicos.

 En fin, los espacios hablan, y cuando los creamos tienen intención. Para que luego sean utilizados con el fin que los habíamos creado, deben darse toda una serie de circunstancias, pero lo que está claro es que, si no los creamos, seguro que aquello que pensábamos que sería interesante que pasase, no pasará.

 ¿Se pueden crear espacios para leer? Sí, claro, y además es bueno hacerlo si pretendemos que en nuestra casa esta actividad sea una entre tantas. Estamos hablando de niños de dos años. Por lo que, de entrada, deberemos tener en cuenta las dificultades que esto entraña en cuanto a su pequeño tamaño. Muchas veces los libros se encuentran dispuestos en bonitas estanterías junto al osito más espectacular y una fotografía. Esta estantería, pensada más para decorar que para ser utilizada, generalmente se encuentra a una altura a la que el niño, e incluso al adulto le es difícil de llegar. Si, aparte de decorar o crear ambiente pretendemos que los libros se lean, se hojeen, se huelan, se amasen, deberemos ponerlos más a mano, o, simplemente, a mano.

 Lo único que tenemos que hacer para crean un espacio lector en las casas es tener una caja (mucho más fácil buscar dentro de una caja que no en una difícil estantería, en la que si mueves el libro del medio se te viene todos abajo) con todos los libros, excepto los de la biblioteca, que con ellos sí debemos tener especial cuidado. Si tenemos muchos, mejor los alternamos, como hacemos con los juguetes, para que el proceso de escoger sea más sencillo y para que, una vez conocido a fondo, podamos sacarnos un as de la manga: ahora otros. En cada lote, que haya de todo: diferentes ilustraciones, libros de conocimiento y de imaginación, libros de cocina sencillos, algún libro de poesía…, cuanto más variado mejor. Este cajón está lleno siempre de sorpresas. El niño ya sabrá qué hacer con un libro y buscará un espacio para mirarlo. Si tenemos una mesa pequeña, para que nuestro hijo pueda realizar actividades plásticas, bien. Si tenemos una alfombra, también. Si tenemos una cama con unos almohadones apropiados, o un pequeño sofá tamaño niño de tres años, o… Cualquier sitio está bien. Se puede leer en cualquier sitio y, además es bueno que así sea. No llenemos el espacio con objetos para la lectura: aparte de libros no necesita nada más, y ésa es una de las gracias que tiene.

 Si nos empeñamos en comprar cosas para que lea, excepto libros, nuestra exigencia para que utilice el espacio de forma correcta será mayor, y aquí ya la liamos. “Niño, siéntate bien, siéntate allí, que es para eso”. Un acto libre pasa a tener tantas normas que ya no lo vemos como tal… y quizá esto, a la larga, nos traiga problemas. Fácil, no: el espacio de lectura únicamente requiere de unos cuantos libros. Si nos han visto utilizarlos, ellos sabrán cómo hacerlo. Simplemente, se trata de zambullirse en ellos: cada brazada es el paso de una página a otra. Y si una no te gusta, la pasas haciendo el muerto, y si te gusta mucho te quedas en ellas haciendo submarinismo. Puede ser que lo empieces al revés (cosa rara, porque con las ilustraciones de los libros para estas edades queda muy claro cómo va) o que te saltes una página: no pasa nada, todo va bien. Nuestro hijo también tendrá momentos de lectura más organizada los ratos que,  igual que jugamos con ellos a hacer torres de piezas de madera, juguemos con ellos a leer, o a leerles.

 Cuando sean algo mayores, los niños ya podrán tener los libros en estanterías, siempre a su alcance, y más mayores aún en la mesilla de noche el que se está leyendo en aquel momento y en estanterías más inaccesibles aquellos ya leídos. Pero no hace falta preocuparse. Llegados a este momento, ya serán ellos los que se arreglen en su habitación: si, finalmente, les gusta leer en la cama, nos pedirán más luz en la mesilla de noche, si prefieren leer en su mesa, ya se espabilarán para sacar los cinco mil trastos que generalmente la ocupan. Ellos empiezan a ser dueños de su espacio, y lo disfrutan en la medida en que les dejemos que lo organicen.

 En algunas bibliotecas, existen áreas especialmente pensadas para los más pequeños. Pero estos espacios pre-lectores en algunas ocasiones no se utilizan para aquello que fueron pensados. Los padres, más bien madres, aprovechan para hablar entre ellas y sólo en situaciones muy críticas intervienen en el panorama general que no tiene nada que ver con la lectura.

 El niño, a esta edad, nos sigue necesitando para muchas cosas, entre ellas aprender para qué y cómo se utilizan los espacios públicos: en los columpios se hace cola, en las escaleras de los toboganes no tiramos de la falda de la niña de delante para que se caiga y podamos bajar nosotros antes, en un espectáculo de títeres debemos estar sentados para dejar ver a los niños de atrás, y en una biblioteca la actividad básica es estar con los libros. Lo que queda ahora ya es responsabilidad del adulto. Y no es más trabajo para nosotros, sino que es un espacio de relación diferente que, seguro nos reportará muchas satisfacciones. Otra responsabilidad que adquirimos, pero mucho más agradable, y diría que igualmente necesaria, que enseñarle que las acelgas son un plato delicioso. Vayamos a las bibliotecas a disfrutar de nuestros hijos, no a descansar de ellos. Es fantástico.

 Corresponde a los padres el trabajar por los hábitos que deben adquirirse en familia. Dentro de éstos, y de la misma manera que está el de lavarse los dientes como mínimo una vez al día, comer fruta como mínimo dos veces al día, beber medio litro de leche al día… debería estar, también el de leer algo cada día. Los hábitos, generalmente, se trabajan con el ejemplo: a niño puedes decirle que se lave los dientes porque tú también lo haces, y él lo ve. O simplemente al sacar el frutero a la mesa ya se entiende que ha llegado el momento de comer fruta. Con la lectura, ofreciéndola todos los días de forma natural y disfrutando todos de ella, nos es mucho más fácil fomentar el hábito lector en las casas que en las escuelas, más preocupadas por las habilidades que no por los hábitos.

 ¡Ah! Y si sus hijos no leen, no se preocupen, seguro que harán multitud de actividades también muy interesantes y, más tarde o más temprano, el día que encuentren el primer libro de su vida, ya nunca abandonarán la posibilidad de leer.

Reyes Camps, Lourdes: Vivir la lectura en casa, Editorial Juventud, 2004, España, pp. 76-84.
Clasificación: 372.41 R49

Cuestiones Sobre el Lenguaje Corporal de tu Hijo

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¿Cómo saber cuándo tu hijo está preocupado?

 Es imprescindible interpretar adecuadamente la comunicación no verbal de tu hijo para saber cuándo está en un apuro, cuándo te oculta información, y cuándo está preocupado por algo.

 La admisión abierta

Aunque lo que más te preocupe sea saber si te está ocultando algo, es útil saber identificar el lenguaje corporal que utiliza cuando dice la verdad. Esto ayudará a evitar los malentendidos y, a su vez, limitará la cantidad o la frecuencia de acusaciones y confrontaciones innecesarias entre vosotros.

He aquí cinco formas que tu hijo tiene de decirte mediante su lenguaje corporal: “Te estoy diciendo la verdad y quiero que me creas”.

1 Contacto ocular intenso. Te hablará con seguridad porque sabe que dice la verdad, por mucho que ésta te desagrade. Cuando te hable, será capaz de mirarte a los ojos. Aun cuando pongas en duda sus palabras, él mantendrá el contacto ocular.

2 Ojos desmesuradamente abiertos. Instintivamente tendrá los ojos más abiertos que de costumbre en un intento de convencerte de que dice la verdad. Además, es probable que arquee las cejas y que arrugue ligeramente la frente, pues está resuelto a conseguir que le creas.

3 Buena postura corporal. Los gestos que denotan sumisión, como los hombros caídos y la cabeza gacha, estarán ausentes cuando tu hijo te diga la verdad. Tendrá los hombros echados hacia atrás, la espalda erguida y te mirará frente a frente. Su postura global reflejará su confianza en sí mismo.

4 Respuesta positiva. Cuando se dé cuenta de que le crees, tu hijo reaccionará de forma muy positiva. Mientras que un niño que miente probablemente exhale un suspiro de alivio cuando piense que te lo has tragado, la reacción de un niño que dice la verdad será de evidente placer.

5 Te abraza. No te olvides de que sigue siendo un niño pequeño y de que la mayoría de sus respuestas emocionales aún conservan su espontaneidad. Así que cuando le digas que le crees, puede que corra hacia ti para abrazarte, pues le

duele el hecho de que pudieras haber dudado de él y ahora acabas de despejar sus temores a este respecto.

Cómo reaccionar ante una dimisión abierta

La mejor reacción que puedes tener ante la sinceridad de tu hijo, aunque te disguste lo que te haya dicho, es mostrarte contenta y darle ánimo. Lo necesita para reforzar su conducta cuando ha hecho lo correcto. Dile lo contenta que estás con él por haberte dicho la verdad, que comprendes lo difícil que le ha resultado decírtelo, y que, haga lo que haga, quieres que siga diciéndote la verdad en el futuro.

Si lo que te ha dicho exige una respuesta activa de uno de los dos, aconséjale. Las soluciones que le ofrezcas serán bien recibidas por su parte, y os ayudarán a ambos a desarrollar la confianza mutua. Desde luego, puede que lo que haya dicho te haga enfadar; en tal caso, debes reprenderle, pero asegúrate de que tu reprimenda no sea tan severa como para disuadirle de ser sincero contigo la próxima vez. Intenta concluir siempre la reprimenda de forma positiva.

 La admisión parcial

La mayoría de las personas se ven involucradas en un incidente que son reacias a explicar por entero a otra persona. Tu hijo no es diferente a este respecto. Quiere darte la impresión de ser capaz e importante, con el fin de ganarse tu aprobación y tu confianza. Desde luego, no quiere sentirse desdichado por algo que ha ocurrido, y luego sentirse aún peor a raíz de tus críticas y tu desaprobación. Por ello, sólo te cuenta la verdad a medias.

He aquí cinco formas que tu hijo tiene de decirte mediante su lenguaje corporal: “Sólo te he contado una parte de lo que ha ocurrido porque me da un poco de vergüenza”.

1 Se queda con la boca abierta al terminar de hablar. Se trata de un gesto involuntario; inconscientemente desea continuar, pero se contiene. Por ello, se queda boquiabierto durante unos segundos, como si pretendiese seguir hablando. Incluso es posible que articule algunas palabras que no logres oír con claridad.

2 Se inquieta después de contártelo.  Puesto que no te lo ha dicho todo, está inquieto. Aunque esté sentado, se moverá mucho, cambiando de postura cada dos por tres. Ésta es una señal de su incomodidad.

3 Arruga la frente. Puede que arquee las cejas, que arrugue la frente y abra mucho los ojos. Éste es el tipo de expresión que suele corresponder a la incredulidad, y tu hijo la adoptará en aquellas ocasiones en las que sepa que no te está diciendo toda la verdad. Si lo hace, sabrás que quiere contarte más.

4 Permanece a tu lado. Cuando ha terminado de hablar contigo, lo normal es que vuelva su atención hacia otra actividad y, posiblemente, que se aleje de ti. Sin embargo, cuando tiene algo más que decirte pero es reacio a contártelo, puede que permanezca junto a ti, esperando a que le preguntes si algo le preocupa.

5 Tamborilea con los dedos de forma nerviosa. Cuando tamborilea con los dedos contra el respaldo de una silla o se golpea los muslos con las manos, es seguro que haya algo más que quiera decirte verbalmente. También es probable que te eche miradas persistentes para asegurarse de que está atrayendo tu atención.

Cómo reaccionar ante una admisión parcial

Lo más importante es recordar que tu hijo desea desesperadamente contarte su problema; la estrategia de ocultar información tiene como objetivo protegerle de una nueva fuente de angustia. Esto significa que no vas a conseguir nada poniendo en duda sus palabras. Por ejemplo, si dices: “Sé que me ocultas algo. Así que cuéntamelo todo” o “no intentes ocultarme nada, porque me enteraré tarde o temprano”, le obligarás a ponerse a la defensiva y a fingir no saber de qué le estás hablando.

Es mucho mejor abordar la situación con tranquilidad y comprensión, para que se dé cuenta de que si te cuenta toda la verdad no reaccionarás de forma negativa. Por ejemplo, puedes decirle: “Pareces preocupado; quizá te pueda ayudar en algo” o “a veces siento vergüenza por algo que ha ocurrido, pero cuando se lo cuento a alguien siempre me encuentro mejor”. Este tipo de comentarios le transmiten tu deseo de compartir sus emociones, creando así un ambiente que conduce a una comunicación sincera entre él y tú.

También es posible que las expresiones físicas de afecto le ayuden a relajarse. Rodéale con el brazo, o déjale que se siente en tu regazo, pues estos gestos le dicen que él es importante para ti, lo que puede ser suficiente para animarle a contártelo todo.

Escucha lo que te cuenta; de ser posible, aconséjale. Explícale que siempre quieres saber si algo le preocupa, y que, al hacerlo, se sentirá mejor. Una vez se dé cuenta de que te puede contar cosas difíciles y potencialmente preocupantes, sin despertar tu cólera o ganarse tu desaprobación, es posible que sea más

abierto contigo en el futuro. Desde luego, habrá ocasiones en que una revelación suya merezca algún tipo de castigo, ya que se ha portado mal. Pero asegúrate de que sepa que, a pesar de todo, estás contenta porque ha sido directo y sincero contigo, por mucho que te desagrade lo que te acaba de decir.

Woolfson, Richard: El lenguaje corporal de tu hijo. Cómo entender la comunicación no verbal de los niños, Paidós, 1996, pp. 97-102
Clasificación 153 W66

BULLYING

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BRAVUCONES Y AGRESORES

La mayoría de los padres y madres aprecian la necesidad de que los niños muestren cierto grado de agresividad, pero ninguno admitirá que su hijo es un pequeño matón. Esto se debe a que una persona así resulta desagradable en todas partes; es alguien que obtiene placer de un deseo consciente de herir y amenazar a otra persona.

Resulta difícil imaginar que los niños pequeños sean capaces de ser bravucones o agresores. No obstante, hemos visto que en las escuelas infantiles se puede generar gran cantidad de agresividad. Se podría decir que esta conducta agresiva y bravucona ha sido vivida en el hogar, o que el niño ha estado expuesto repetidamente a ella en TV y esto se ha convertido en un comportamiento aceptable.

 Los maestros y cuidadores de niños pequeños rechazarán con frecuencia  a los que acusan a los bravucones; les aconsejan no ser asustadizos y responden con observaciones tales como: “¡Te lo habrás merecido!”. Esta forma de aprobación tácita a la conducta del bravucón refuerza su estilo de relación con los demás.

 Es difícil identificar a los bravucones y decidir qué puede haber generado su conducta, pero sabemos que tolerar la conducta agresiva en un niño pequeño, junto con la indiferencia y la falta de atención de sus padres, es un factor importante. En general tienen conductas asertivas y agresivas que no controlan. Son incapaces de apreciar los sentimientos de su víctima, carecen de cualquier sentimiento de culpa, y alegan que la víctima se merece ese trato. No obstante, no se pueden estereotipar con facilidad. Algunos tienen un buen rendimiento académico y parecen bastante seguros y felices.

 Tampoco sus víctimas son siempre débiles, pequeñas y tímidas, pero sí son personalidades muy vulnerables con dificultad para resistir los ataques físicos o verbales. En general tienen pensamientos negativos acerca de sí mismos, poseen un bajo nivel de autoestima y sentimientos de ineptitud y desamparo. Después de largos periodos de sufrir a los bravucones, se pueden volver suicidas. Generalmente sus notas son bajas y se muestran ausentes gran parte del tiempo; pueden parecer deprimidos o tener inexplicables estallidos de agresividad.

 Es importante identificar a matones y víctimas tan pronto como sea posible. Y adoptar alguna forma de acción. Se deberían tratar los pequeños incidentes antes de que aumenten hasta provocar una situación grave. La agresión en los niños pequeños puede ser algo más que una mera autoafirmación y si se les permite actuar de un modo deliberadamente dañino, lo más probable es que se conviertan en delincuentes. Cuando un niño es objeto del acoso por parte de los bravucones, puede sufrir graves problemas psicológicos.

 Cuando se trata con estos pequeños matones es bueno pensar que también ellos son víctimas. En general son muy inseguros y tienen una percepción distorsionada de sí mismos y de los demás; pueden no ser capaces de relacionarse con sus compañeros.

 Las bandas de bravucones y matones existen debido a que sólo pueden conectar con sus compañeros mediante esa conducta. No tienen modos alternativos de verse a sí mismos relacionándose con los demás. Sus víctimas, desde los típicos empollones hasta los que no triunfan en los deportes, pueden llegar a resignarse a este martirio.

 A menudo, el bravucón siente que no encaja. Puede aislarse; puede tener dificultades de aprendizaje que hayan pasado desapercibidas; los adultos significativos de su vida también pueden ser bravucones.

 Una parte crucial de cualquier intervención debería ser la acción directa. Cuando el matón y la víctima se hacen conscientes de que esa conducta no se aprueba, desaparece el miedo de la víctima y el bravucón también se ve liberado de su posición. La tranquilidad que sienten tanto el bravucón como la víctima cuando es otra persona quien controla la situación, es un requisito previo para el éxito de cualquier programa de tratamiento.

 Se debería hablar por separado tanto con el bravucón como con la víctima. Al tratar con ellos es importante tener muy claro que la finalidad es ayudarlos a verse a sí mismos de otra manera: los adultos están para reforzarles, no para añadir leña al fuego. Es muy fácil fomentar la imagen del bravucón y relacionarse con él de un modo agresivo; más fácil aún es tratar a la víctima como tal con la esperanza vana de despertar su reafirmación personal.

 El bravucón no logrará de inmediato tener otra percepción de la víctima o del modo en que se produjo el acoso. Tenderá a mantener su autoimagen como prepotente. Aún así, el adulto debería ser firme en que esa actitud no va a ser tolerada.  No debería intentar analizar un episodio del acoso, ya que esto sólo logrará reproducir la escena.  El mensaje debería ser sencillamente que esa conducta no es aceptable. Se deberían indicar los límites con claridad, sin forma alguna de discusión. Él está dándose cuenta de que el adulto tiene el control.

 No obstante, esto será totalmente ineficaz si no se acompaña de alguna forma de aceptación del niño como persona. Es posible que el agresor no haya sido consciente de que su conducta afectaba al otro niño,  o que no gustaba a la gente por tener esa actitud; puede no haberse dado cuenta de que se pensaba en él como alguien que posiblemente algún día sería periodista, que podría escribir, ser un excelente crítico deportivo, etc. Si sabemos que jugó bien representando a la escuela la semana pasada… le preguntaremos si jugará el sábado. Así es como se le debería hablar.

 Se debe concluir con una nueva expresión de la declaración inicial de principios: la bravuconería no será tolerada. Hay que asegurarse de que él entiende lo que queremos decir, en términos precisos y relacionados con el episodio  más reciente. La entrevista debería terminarse con un matiz de firmeza, justicia y, sobre todo, confianza. Revelar esa conversación con él a cualquier otra persona sería destruir la confianza que el alumno puede haber comenzado a poner en los adultos.

 La víctima debería sentir que ha encontrado en nosotros a alguien que escuchará y sentirá al unísono con ella. A través de nosotros se sentirá apoyada al saber que la escuchamos y no la ignoramos. No podemos pedir que se comporte de un modo ajeno a su naturaleza. Tenemos que comprender y ayudar de un modo más directivo. Lo que debemos hacer es ayudarle a pensar de un modo diferente sobre sí mismo y su situación, ayudarle a reestructurar sus percepciones. Los incidentes que han ocurrido en el pasado no deben pasar de ahí. Hay que ayudar al niño a pensar por qué el bravucón se comporta del modo en que lo hace; la víctima debe ser ayudada a apreciar que, con mucha frecuencia, la única razón para que le ataque es divertirse.

 Los agresores y las víctimas son víctimas de una percepción distorsionada de sí mismos. La clave del éxito es tratar a los dos como víctimas. Ambos necesitan directrices claras para establecer quién está al mando. Ambos necesitan saber que alguien está interesado en sus asuntos. Ambos necesitan percibirse a sí mismos de manera diferente y sacudirse su imagen establecida.

 Si vemos al bravucón como alguien que pretende dañar a los demás, tendremos dificultad para verle como una víctima. Es necesario tratar a ambos como víctimas, y acercarse a ellos de un modo regulador y aceptable. Si se tiene intención de castigar al bravucón y tranquilizar a la víctima, se descubrirá que se está fomentando el problema que se desea eliminar.

 Examinemos nuestra intención en todo momento en que tratemos con un niño agresivo. Recordemos que se puede prever con seguridad una reacción agresiva cuando el niño perciba injusticia, inconsistencia o desigualdad. Se reflexionamos sobre nuestras actuaciones y sentimos de verdad que encajan con los intereses del niño, los episodios de agresión disminuirán de modo gradual.

 Train, Alan: Niños agresivos ¿Qué hacer?, Alfaomega, 2003, pp. 50-54. Clasif. 155.232 T73